La anciana de la bata gris barría lenta y parsimoniosamente el piso con su vieja escoba, ris ras, ris ras, mientras murmuraba para sí una sarta de ininteligibles y aparentemente interminables quejas. A pesar de su trabajo, miraba de soslayo a un hombre de mediana edad que permanecía de pie, apoyado contra la pared, a unos pocos metros de ella.

El hombre lloraba en silencio, con lágrimas como puños resbalando por sus mejillas. Sostenía entre sus manos una vieja fotografía, ahora tan manoseada y deslustrada, que a la anciana le resultaba imposible distinguir la imagen desde donde estaba. Sin embargo, a lo largo de los años, la anciana había visto antes a muchas personas como él, y sospechaba cuál sería el resultado. Suspiró brevemente, y continuó relatando en voz queda mientras amontonaba los últimos despojos que quedaban en el suelo, para posteriormente acumularlos en su recogedor.

Cuando volvió a levantar la vista, junto a la pared no quedaban más que los pedazos del alma rota del hombre y una foto descolorida. Fastidiosamente, se dirigió hasta allí con su escoba y, sin parar de gruñir, comenzó a barrer de nuevo el piso, ris ras, ris ras, observando por el rabillo del ojo a las personas que quedaban allí dentro. Nunca, en sus largos años como barredora de almas rotas, habían cesado de llegar personas a aquella habitación.